El miedo es una alarma muy antigua. Durante miles de años sirvió para una sola cosa: salir corriendo ante un peligro físico. Por eso, cuando se activa, el corazón se acelera, la respiración se vuelve rápida y la sangre va a los músculos.

El problema es que esa alarma no distingue entre un animal que te persigue y una entrevista de trabajo, un examen o una conversación difícil. Reacciona igual. Y mientras está encendida, cuesta más pensar con claridad, justo cuando más lo necesitas.

Tres formas en que el miedo te habla

Lo que el miedo no te dice

El miedo suele contar la peor versión posible de lo que va a pasar, y la cuenta como si fuera un hecho. Pero un pensamiento no es una prueba. Una buena pregunta para empezar es: ¿qué datos tengo de que eso va a ocurrir?

Otra pista importante: el miedo crece cuando evitamos. Cada vez que huimos de algo, el cerebro aprende que era peligroso de verdad. Acercarse poco a poco, con apoyo, le enseña lo contrario.

Un ejercicio sencillo

Piensa en algo que hoy te da miedo y escribe tres cosas: qué sientes, qué piensas que va a pasar y qué haces (o dejas de hacer) por ese miedo. Separarlo así ya te da un poco de distancia. En el cuaderno Mi mapa del cambio tienes este ejercicio listo para imprimir.